Los Líderes de Grupos y Equipos

Los Líderes de Grupos y Equipos

Los Líderes de Grupos y Equipos

Un líder puede administrar un grupo o un equipo. Todos los sistemas humanos o sociales, todas las organizaciones, estados, asociaciones y comunidades pueden ser asimiladas a esta dupla y por lo tanto, podemos decir que se trata de grupos o equipos.

La diferencia esencial entre un grupo y un equipo reside en el conjunto de objetivos que conforman el fin último de cada organización.

Los grupos tienen como objeto la existencia de ellos por ellos mismos, mientras que los equipos poseen objetivos bien definidos y de naturaleza manifiestamente competitiva.

Por otra parte en su forma sana y según ya hemos visto en otros ensayos, los equipos deben subordinarse a los grupos porque estos últimos le brindan un marco referencial a los primeros.

Si se invierte la relación, entonces los grupos pasan a ser funcionales a los grupos y sus objetivos, estructuras es decir, la sinergia que les caracteriza se altera. En términos sociales, ello se traduce sencillamente en problemas de todo tipo y por eso es que la relación de supremacía de los grupos sobre los equipos debe mantenerse.

De acuerdo a esto podemos empezar a analizar qué impacto puede tener un líder que gobierne un grupo o un equipo, o bien de qué manera alguien que desee ser líder puede influir sobre un contexto general partiendo de la base de que liderará o bien un grupo o bien un equipo.

Como he aclarado hace unos instantes, los grupos son más generales que los equipos pero esto últimos se orientan más hacia las cosas bien definidas. De esto se puede deducir que quien administre un equipo deberá ser un individuo altamente especializado, y quien administre un equipo, una persona capaz de entender la sutileza de lo tenue, vago e intangible pero que cuando se entrelaza conforma lo intrincado que es, por ejemplo, el tejido social de una nación.

Es decir que no por parecer algo abstracto, el hecho de hacer lo que podríamos denominar como una auténtica ‘política de estado’ sea menos importante que obtener los logros que la inmediatez de los equipos reclama.

Un verdadero estadista, entonces, es alguien esencialmente diferente que un líder competitivo; esto no quiere decir que uno no puede transformarse en el otro, pero sí que es indudable que ambos casos requieren de una orientación en el liderazgo claramente distinta.

El líder capaz de convertirse en un ‘campeón’ es aquel que dirige un equipo de forma competitiva y exitosa. Este tipo de líder sabe esencialmente de forma intuitiva o explícita cómo se vence en una disputa, pues la competencia es eso.

El hecho de vencer se relaciona principalmente con dos cuestiones: una, la definición de lo que es una victoria, y en segundo lugar, la valoración de los medios o métodos empleados para obtenerla.

Desde un punto de vista puramente práctico y que ignora este segundo factor, quizás uno de los mejores ejemplos históricos de lo que implica ser un líder campeón es el que nos describe Maquiavelo en ‘El Príncipe’ cuando nos comenta cómo es que César Borgia procedía. Nietzsche también nos dice que ‘No existen fenómenos morales sino interpretaciones morales de los fenómenos’.

De esto podemos concluir que ambos autores, al estudiar la cuestión del liderazgo desde lo que podríamos concebir como el análisis de la victoria, se plantea un dilema esencialmente práctico – moral en el cual la percepción de lo que se debe hacer versus lo que se quiere hacer se convierte en fundamental, pero ambos parecen sostener que la aplicación de la ética o la moral en el liderazgo no es precisamente una función o necesidad del líder de un equipo, sino de los árbitros que les deben controlar.

En todo poder ejecutivo hay algo de liderazgo de equipos, y como algún presidente norteamericano afirmó alguna vez, la historia humana parece resumirse en una constante lucha entre los poderes ejecutivos y la gente.

Dicho en otras palabras, en base a razonamientos lógicos avalados por diversos autores y la evidencia histórica de la que disponemos, podemos concluir que el líder de un equipo que desee ser eficiente debe ser también un individuo despiadado pero calculador, pues no debe caer en el uso poco sabio de su fuerza si es que desea preservarse.

La historia – precisamente – nos muestra muchos casos en los que el concepto que Nietzsche y Maquiavelo buscan transmitir respecto de lo que para ellos debe ser un líder de naturaleza práctica se confunde con la crueldad innecesaria.

Ya el autor italiano nos advierte que ‘las crueldades mal cometidas son aquellas que se incrementan con el tiempo’, y con esto quiere decir sencillamente que no se debe confundir a la predisposición a aplicar determinadas medidas con el deseo de hacerlo.

Estos líderes se ven amenazados principalmente por ellos mismos, como un veneno que es venenoso para sí mismo, pues la predisposición a ejercer esta forma de auténtica ‘justicia natural’ lleva, en efecto, a la contradicción con la justicia de los grupos.

En otras palabras, los líderes de equipo eficientes deben ser pragmáticos por definición, pero esto les puede llevar a intentar sobrepasar prerrogativas y violar las leyes o normas de los grupos que contienen a los equipos que dirigen, y es por esta razón que esencialmente, los ‘campeones’ no sirven para trasladar ese vigor que los ha llevado a tal posición en logros equivalentes que satisfagan a las propias sociedades que les admiran.

Cuando aparece un líder de esta naturaleza, muchas veces son sus propios seguidores los que cometen el error de pretender convertirles en líderes de grupo por un mecanismo que en lógica se conoce como ‘Argumentum ad verecundiam’ o apelación a la autoridad, por el cual se asume o presupone que el éxito como campeón de uno de estos individuos pasará por transitividad a una esfera grupal o social, pero esto nunca puede ser así salvo que el campeón tenga en sí mismo también una cierta naturaleza profética, en el sentido que le asigno al término ‘profeta’ en este ensayo.

Esta naturaleza dual solamente se puede observar en muy pocos casos y generalmente por tiempo muy limitado: Julio César y Napoleón constituyen dos ejemplos de líderes eminentemente victoriosos que también pudieron lograr como estadistas, es decir, en un contexto grupal, muchas medidas acertadas.

Pero como la historia nos relata claramente, ambos líderes cometieron en la esfera social numerosos errores que les llevaron no solamente a sus definitivas y sendas derrotas, sino que también alteraron innecesaria y perjudicialmente la naturaleza de los grupos a los cuales debían servir, pues con Julio César se acabó la república en Roma, y con Napoleón se destruyó a Francia y a gran parte de Europa.

En términos cotidianos, esto quiere decir que los militares, empresarios, atletas y otros vencedores de éxito por definición, difícilmente se conviertan en estadistas en un verdadero sentido de la palabra, y no hace falta molestarse demasiado o se tardaría mucho para encontrarnos con numerosos ejemplos de individuos exitosos en sus profesiones o talentos que luego, al intentar convertirse en adalides de sus ciudades o naciones, al adquirir relevancia pública o cargos políticos, sencillamente fracasan.

Esta conclusión, que ciertamente no resulta agradable para dos clases de personas: en primer lugar, todo aquel que perciba que directa o indirectamente se encuentra subordinado a un líder de equipo puede ver en esto una justificación intelectual de la crueldad, lo cual no es así pues no se trata de una valoración moral sino de una descripción de la realidad, y en tal percepción de temor se olvida algo que analizaré un poco más adelante.

En segundo lugar, quienes casi de forma ideológica asumen que el ‘líder exitoso’ así como se lo entiende convencionalmente, es el que a la postrer puede dirigir el destino de – por ejemplo – una nación, pueden pensar que esto es incorrecto, pero la realidad nos muestra cómo es que líderes revolucionarios y vencedores de todas clases luego fracasan al intentar convertirse en administradores formales de los grupos que han conquistado.

Y también de esto se desprende una conclusión importante que en mi opinión debería ser tenida en cuenta en el actual mundo en el cual ni siquiera ‘la economía’ es lo que importa, sino exclusivamente la performance financiera de las empresas y hasta los estados: tal orden de cosas está destinado al fracaso porque se está confundiendo la naturaleza de la actividad – loable por cierto – del hacer dinero con la de brindar bienestar a la población.

El líder capaz de cambiar al mundo, el que puede mover a grupos enteros, es esencialmente un ‘profeta’ es aquel que sabiendo intuitiva o conscientemente manejar un grupo, y no confundiendo los objetivos del mismo con los de un equipo, aprende a modificar las reglas que definen dicho sistema – grupo de modo tal que su sinergia propia no se vea afectada negativamente.

Esto tiene que ver, por supuesto, con dos cuestiones fundamentales: una, la definición de sinergia como un todo que es más que la suma de las partes que le componen, de acuerdo a la teoría general de sistemas; y en segundo lugar, con el concepto de lo negativo y lo positivo, lo cual nos hace ingresar en el terreno de lo moral y lo ético.

Ya el propio Maquiavelo nos dice en ‘El Príncipe’ que hay ciertas clases de líderes sobre los cuales él no puede pasar juicio alguno pues las razones que les guían están más allá de la comprensión de los hombres, refiriéndose a la aristocracia eclesiástica.

Si bien esta afirmación tenía un indudable objeto político, podemos rescatar de ella que siendo su obra esencialmente un manual práctico de liderazgo para príncipes – es decir, individuos altamente ejecutivos -, y tomando en cuenta el contexto general de todo su producto como autor, no se debe caer en el error de olvidar al tiempo que se considera esta frase que Maquiavelo escribió también otros dos libros importantes como son los ‘Discursos’ y ‘Del Arte de la Guerra’, en los que claramente hace mención a la necesidad de otra clase de conducción para los grupos sociales.

De hecho, Maquiavelo era un republicano y hay por lo general consenso académico en que sus obras han sido mal interpretadas superficialmente. Así como ‘El Príncipe’ constituye un manual para el líder ejecutivo – lo que yo estoy considerando como un líder de equipo – ‘Discursos’, escrito orientado principalmente al estudio de las formas de gobierno republicanas – o para grupos – representa la segunda parte de su obra, como es la conformación de un conjunto de reglas de gobierno ‘in toto’.

En ‘Del Arte de la Guerra’, Maquiavelo insiste en que la conformación de un estado sólido no se puede basar únicamente en la fuerza o el dinero, sino que es necesario que cuente con equipos eficientes – los ejércitos, en este caso – y con estrategias coherentes.

Precisamente, los conceptos de Maquiavelo, surgidos en una época en la que en Italia predominaba el desorden y la disgregación, pueden servirnos como ejemplos para analizar un poco lo que sucede hoy en día en nuestro mundo.

El autor italiano, por ejemplo, insistía en la inutilidad de los ejércitos mercenarios contratados por los príncipes, y resaltaba la necesidad de contar con fuerzas basadas en el reclutamiento de los ciudadanos. La razón principal, según Maquiavelo, para que existiera una diferencia sustancial entre la calidad y confiabilidad de estas fuerzas, residía en que las levas ciudadanas siempre eran mucho más leales a su causa.

Este concepto no deja de ser actual: si bien hoy en día no nos estamos preocupando por el estado de los alabarderos o la caballería, la misma noción puede generalizarse a toda actividad humana y particularmente de liderazgo.

Los líderes del renacimiento italiano dejaron de confiar en su gente y empezaron a ‘tercerizar’ diversos servicios, contratando mercenarios y asesores externos para manejar la cosa pública. El resultado es evidente: Italia, hasta mediados del siglo XX permaneció en las sombras.

En el imperio chino, en la época en la que Marco Polo visitó la región, también presentaba una curiosa lejanía entre la población, es decir, los integrantes del grupo que es la China, y los equipos encargados de gobernarla.

Los emperadores, curiosamente, no contrataban a personas de origen chino para trabajar como funcionarios, sino que casi con exclusividad empleaban a extranjeros, ya fueran mongoles, árabes o, como en el caso de los Polo, hasta a occidentales.

La razón supuesta de ello era que ‘no confiaban’ en los chinos – sus propios súbditos – por considerarlos poco educados y corruptos, lo cual podía ser cierto, pero al confundir la naturaleza de los grupos y equipos, estos emperadores sembraron las semillas de la propia destrucción de su estado: se reconoce generalmente que no más de dos siglos después de la visita de Marco Polo, el imperio chino ya se encontraba en franca decadencia.

Enneduanna es el nombre de la primera persona que escribió una obra literaria. Esta era una princesa y sacerdotisa sumeria. Ashurbaniphal ha sido el primer jefe de estado capaz de leer y escribir, y se reconoce que entre los pueblos del Asia Menor, como los sumerios y asirios es donde ha surgido la escritura.

No es por casualidad que al mismo tiempo, los asirios hubieran desarrollado la mejor maquinaria militar de su época y también los primeros estados con cierto grado de poder.

Instituciones tales como las escuelas y elementos tan aparentemente triviales como la contabilidad y un sistema postal de uso público hubieran aparecido allí también, lo que demuestra que el verdadero poder está asociado al conocimiento en tres facetas diferentes, como son la organización práctica de los estados o asociaciones en general en alguna forma de grupos y equipos, el desarrollo del conocimiento académico en cualquier grado y forma, y el desarrollo de alguna forma de código de conducta al cual estos grupos y equipos deberán apegarse.

Esto no debe ser pasado por alto, pues también fue entre los pueblos del Asia Menor que los primeros códigos legales han surgido.

Es decir, resulta claro que además de la confianza en la propia tropa, que si no existe debe ser desarrollada por medio de la educación tanto técnica como así también moral y ética, para poder dirigir una organización cualquier hay que saber ubicar a las necesidades y por lo tanto, a los propósitos prácticos, y también hay que saber darle un sitio a lo que podríamos definir como la parte espiritual del liderazgo, que no por ser menos visible deja de ser importante.

De hecho, el desarrollo de lo que los militares conocen como ‘el frente interno’ es muchas veces más importante que cualquier ventaja comparativa en el plano material: los norvietnamitas, en clara inferioridad técnica frente a los norteamericanos, sin embargo supieron vencerles en base al manejo hábil de un solo aspecto: la motivación de sus combatientes.

Ho Chi Minh escribió una vez que lo que él buscaba no era vencer a su adversario en el e terreno, sino en su propia mente, y no se puede decir que no lo logró.

La historia de muchas compañías comerciales también nos demuestra que el factor decisivo en el éxito o la bancarrota es muchas veces algo tan difícil de comprender y definir como es el entusiasmo de las personas.

Por eso, el líder de grupo se debe especializar en la generación de todas aquellas condiciones adecuadas para que el entusiasmo y la motivación de los propios integrantes sea la que le de un sustento sólido a los equipos que en definitiva buscarán los resultados.

Sin este sustento los equipos estarán a la deriva, y es por esto; es decir, por la necesidad de orientar los esfuerzos que el líder de equipo no debe asumir el rol de un líder de grupo, pues está preparado para otra cosa.

Si la historia prueba que muy pocas veces los líderes de equipos se han convertido finalmente en buenos estadistas en todo sentido, deberíamos reflexionar acerca de lo que estamos haciendo con el mundo nuevamente al mezclar puestos, atribuciones e ideas, pretendiendo ver a la gestión de liderazgo como algo que cualquiera que tenga poder pueda hacer.

Las cosas no son así y las reglas de nuestro universo siguen vigentes pese a cualquier decreto. Si intentamos olvidar a la gravedad, no pasará mucho tiempo hasta que le recordemos.

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